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Festivales: Crítica de “The Visitor”, película de Bruce LaBruce (sección Panorama) – #Berlinale2024

El siempre provocador cineasta canadiense regresó a la Berlinale con su particular relectura de Teorema (1968), clásico de Pier Paolo Pasolini, rodada en Londres.

The Visitor (Reino Unido/2024). Dirección: Bruce LaBruce. Elenco: Bishop Black, Macklin Kowal, Amy Kingsmill, Kurtis Lincoln, Ray Filar y Luca Federici. Guion: Bruce LaBruce, Alex Babboni y Victor Fraga. Fotografía: Jack Hamilton. Edición: Judy Landkammer. Música: Hannah Holland. Duración: 101 minutos. En la sección Panorama.Con 60 años recién cumplidos, Bruce LaBruce tiene una prolífica carrera como fotógrafo, escritor y sobre todo director de casi 50 títulos entre cortos, videoclips y largometrajes (14 en total). Su más reciente trabajo de larga duración es una producción (ultraindependiente, como siempre) rodada en Inglaterra que tiene como punto de partida el momento en que un indigente encuentra a un refugiado dentro de una valija que flota sobre el río Támesis. Y no es el único, ya que otros hombres idénticos aparecerán dentro de otras maletas en distintas zonas de Londres.

El protagonista, un hombre negro de cuerpo escultural y al que conoceremos como El visitante del título, terminará en la casa de una familia burguesa, donde de alguna manera es adoptado, y comenzará a seducir a cada uno de sus integrantes (El Padre, La Madre, El Hijo, La Hija, La Empleada Doméstica) y a mantener con ellos encuentros sexuales que les transformarán la vida.

Como en buena parte de las películas de LaBruce, el sexo (explícito y en todas sus variantes sadomasoquistas, orgiásticas, con personajes trans y travestis) tiene una importancia central dentro de una película profana y política en la que se apuesta claramente al artificio con una ampulosa voz en off, diálogos que parecen recitados, música electrónica de fondo, pantalla que se divide en hasta cuatro partes, una colorización exagerada de las imágenes cual collage visual y un uso bastante audaz de los efectos visuales.

El resultado es un film orgullosamente anárquico, caótico, desmesurado y lúdico. Una experiencia extrema, desprejuiciada, algo así como un trip, un trance, un cúmulo de provocaciones y sensaciones que probablemente genere rechazo en un público más tradicional y conservador, pero que tiene todos los elementos distintivos que han convertido a LaBruce en un cineastas de culto en el universo queer.


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