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Críticas: Crítica de “Todos somos extraños” (“All of Us Strangers”), película de Andrew Haigh con Andrew Scott y Paul Mescal

El talentoso guionista y director británico de películas como Weekend (2011), 45 años / 45 Years (2016) y Apóyate en mí / Lean on Pete (2018) y de series como Looking (2014/2015) y The North Water (2021) se inspiró en una novela japonesa para una historia de fantasmas con viajes en el tiempo y una intenso vínculo de amor gay. El resultado es una experiencia cautivante, llena de dimensiones, matices, connotaciones y alcances tanto formales como emotivos. 

Todos somos extraños (All of Us Strangers, Reino Unido-Estados Unidos/2023). Dirección: Andrew Haigh. Elenco: Andrew Scott, Paul Mescal, Jamie Bell y Claire Foy. Guion: Andrew Haigh, basado en la novela Strangers, de Taichi Yamada. Fotografía: Jamie D. Ramsay. Edición: Jonathan Alberts. Música: Emilie Levienaise-Farrouch. Distribuidora: Disney (Searchlight Pictures). Duración: 105 minutos. Apta para mayores de 16 años.

Más cerca de Weekend que de dos películas estrenadas en los cines de Argentina como 45 años y Apóyate en mí, la nueva película del inglés Andrew Haigh podría verse como una combinación entre el cine de fantasmas, la literatura de Ian McEwan, la sensibilidad de Llámame por tu nombre, de Luca Guadagnino; la nostalgia y melancolía de Aftersun (otra película con Paul Mescal), ópera prima de Charlotte Wells; y la espiritualidad del Hirokazu Kore-eda de After Life: La vida después de la muerte.

Adam (Andrew Scott, el cura hot de la serie Fleabag) en un escritor en creciente fase depresiva que intenta sin demasiada suerte concentrarse en un guion sobre la historia de sus padres, que murieron tres décadas atrás en una accidente automovilístico, cuando él tenía apenas 11 años. Como parte de la investigación, se toma un tren hasta la que supo ser la casa familiar en Croydon y descubre que allí están mamá (Claire Foy) y papá (Jamie Bell) listos para recibirlo. Ellos ahora tienen la misma edad que su hijo, parecen vivir como lo hacían en 1987 y ese reencuentro permitirá recuperar parte de todo lo perdido, hablar sobre lo no dicho, explorar zonas vedadas.

Basándose muy libremente en la novela Strangers (1987), del japonés Taichi Yamada, Haigh le incorpora a la película una intensa historia de amor gay entre Adam y Harry (Mescal), otro ser solitario y torturado que es vecino en un inmenso y moderno rascacielos de Londres del que parecen ser los únicos dos habitantes.

Haigh es un cineasta cool (hace un bello uso de canciones como The Power of Love, de Frankie Goes to Hollywood; Johnny Come Home, de Fine Young Cannibals; Build, de The Housemartins; y Always on My Mind, de Pet Shop Boys; construye un final con sorpresa, gancho e impacto), pero ninguno de esos recursos suenan forzados ni conspiran contra la fuerza emocional de su(s) historia(s).

La película transita siempre por la cornisa, está en permanente zona de riesgo (léase hundirse en cierta cursilería new age o incluso subieliana), pero hay en esta historia de amor, de viajes en el tiempo desde la Londres de 2023 a la de 1987 (plena crisis del HIV-SIDA) una convicción, una sutileza y un encanto que le permiten abordar cuestiones no menores como la tragedia, la culpa, la aceptación, el perdón, la catarsis, la redención y las despedidas mediante escenas climáticas, atmosféricas, que fascinan y por momentos incluso llegan a conmover. Un mérito por lo que consigue, sí, pero sobre todo por lo que evita.


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